Un Tipo Más Sobre El Suelo
A veces la felicidad es nostálgica, a veces es dolorosa, pero siempre es sentir que vale la pena vivir…
Todos sienten algo hermoso alguna vez.
Pocos lo protegen.
Muy pocos lo hacen crecer.
Siempre hay alguna palabra o alguna frase que, aunque no solucione la realidad, soluciona la angustia de quien la vive.
Estoy convencido de que la realidad es un lugar maravilloso, pero, lamentablemente, está infestada de humanos; humanos que dañamos todo: a otros humanos, a otros seres, a los objetos que los rodean, a los objetos que rodean a otros.
Por si me voy pronto, acércate y déjame ver tu rostro, la humedad de tus ojos arrastrándose lentamente por tus párpados pero sin llegar a tus pestañas, las líneas de tus labios oscureciendo el rosa, los lunares decorando tus mejillas y tu cuello, tu pecho elevándose durante las inhalaciones y relajándose al suspirar, los dedos de tus pies jugando con la casualidad de hacer algo sin siquiera darte cuenta.
Su único deseo era no estar sola. Tal vez no quería irse. Tal vez quería que alguien la detuviera. Tal vez quería que alguien la acompañara. Pero la vida y la muerte son cosas demasiado estrechas, donde, siempre, hay lugar sólo para uno.
Tenes una mente hermosa.
Anónimo

Yo la consideraría más bien rebuscada y enferma (aunque no lo suficiente como para convertirme en un enfermo completo… ¿o sí?), pero gracias. Y no es una forma de decir o una cordialidad, es un agradecimiento sincero. Lo aclaro porque el principio de la respuesta podría hacer que interpretaras lo contrario.

Ser humano va más allá de ser hombre o mujer, empleado o desempleado, jefe o subordinado, documentado o indocumentado, nativo o extranjero. Ser humano se trata justamente de entender lo que hay detrás de todas esas etiquetas sociales, y discernir finalmente al frágil animal que intenta sobrevivir a todas esas acusaciones; el animal tan puro, hermoso, intrascendente y universal como lo es cada gorrión que escuchamos cantar por la mañana, cada perro que cruza la calle, cada pez que sube a la superficie a tomar aire, cada grillo que ambienta la noche.

  A veces miro mi cuerpo, y observo su madura juventud con tristeza, o tal vez con melancolía. Pero esta melancolía no viene del pasado, sino que nace de lo que vendrá, y de lo que podría venir. Miro mi cuerpo y me siento un viejo con el disfraz de un joven, no porque sienta que desperdicié mi adolescencia o que estoy desperdiciando mi juventud, mucho menos mi niñez (no tuve la vida más emocionante de todas, ni viví aventuras dignas de ser contadas, pero no me arrepiento de la manera en que viví, porque la disfruté, y mucho); me siento así porque estoy cansado. Estoy cansado de mis pensamientos, de mi reflexión, de mi capacidad de distanciarme emocionalmente de las cosas y lograr una postura completamente objetiva que termina destruyendo mis esperanzas de encontrar algún resto de genuina calidez o amor en las personas que me rodean; pero hablando más correctamente, no me arrepiento de mis pensamientos, al contrario, me siento muy satisfecho con ellos, pero lo que sucede es que esta tristeza que siento puede acabar de dos maneras: una, cambiando la realidad del mundo, o dos, dejando de pensar; sin lugar a dudas, dejar de pensar resulta mucho más fácil, porque el cambio necesario para solucionar el problema de egoísmo indiferente en este mundo es de una escala que sobrepasa la capacidad de una e incluso de miles de personas. Mis pensamientos no tienen la culpa, sólo es más sencillo culparlos a ellos. Y deteniéndome a pensar más, creo que ni siquiera estoy cansado del insalubre nivel de egoísmo de la mayoría de mis compañeros de especie, creo que eso ni siquiera me importaría si pudiera ser capaz de encontrar en mí aunque sea un grano de verdadero amor, o generosidad, o incluso, al menos odio o desprecio, porque simplemente parece no importarme ni la felicidad ni la desgracia ajena, parece que soy incapaz de percibirlas o de compartirlas. Creo que lo único que puedo sentir realmente es la tristeza, la tristeza de no poder sentir: a veces, me encuentro a mí mismo haciendo fuerza para llorar, haciendo fuerza para sufrir, como queriendo forzarme a mí mismo a sentir algo que en realidad no siento, y termino llorando, no porque haya logrado sentir eso que buscaba, sino justamente porque me derrumbo al no lograr sentirlo. La verdad, no me importa un carajo si las personas no son capaces de notar el dolor ajeno, de preocuparse por el malestar de su par y extenderle una mano para sacarlo de la angustia; no me importa si sólo se preocupan por cuidar su propio culo, haciendo que eso signifique perjudicar al del otro si es necesario; no me importa si tratan a sus supuestos seres queridos como meras máquinas succionadoras de soledad o como fuentes de placer físico; no me importa si se hacen las víctimas y se preguntan con lágrimas en los ojos qué hicieron para merecer que “la vida los trate así”; lo único que me importa, lo único que me duele realmente, es tener la certeza de que yo también soy así.

Soy tuyo.
Hasta que ya no pueda ser ni mío.
Hasta que ya no pueda ser.